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Hace 65 años

Discepolín en Montevideo,
Enfundado en un Jetra a Rayas

"Amigo seré un bohemio, pero la bohemia
no es la huelga al cepillo, al jabón y al atildamiento"

("La Canción Popular",  Montevideo, 3 de julio de 1929)

José Laurino
(R.O. del Uruguay)

ace 65 años, en el invierno de 1929, Enrique Santos Discépolo estuvo en Montevideo, coincidiendo su llegada a nuestro país con la aparición de una revista quincenal cuyos propulsores eran gente del diarismo montevideano: en especial el boxeador Manuel Esmoris, a quien se conocía como "Petit Carpentier", por su admirable estilo boxístico. Esmoris apalabró a varios periodistas para colaborar con aquel intento, tan difícil como han sido siempre todos los intentos periodísticos en Uruguay. 

Hablando con el periodista Ignacio Domínguez Riera, le explicaron que la nueva publicación se llamaría "La Canción Popular": "tendrá puras letras de tango, valses, rancheras y alguna nota". En seguida, el desafío amistoso: "¿te animás?" Domínguez Riera, o "El Botija", se animó, y en el primer número publicó un reportaje a Discepolín, a quien había conocido en el camarín del Teatro Solís, gracias a la colaboración de Osvaldo Medina, un colega que había trabajado en "La Razón" de Buenos Aires.

Cuando Medina le preguntó si quería conocer al letrista argentino que se había hecho popular en ambas márgenes del Plata, Ignacio contestó: "Ya lo creo", pensando que sería una buena ocasión para reportearla, como querían sus amigos de la sección distribución de "El Plata", un vespertino que entonces salía en "la tacita del Plata", de ahí su nombre.

Años más tarde, I. D. R. contaría cómo fue aquel encuentro con el genial autor, a quien describiera como "un hombre joven (aún no había cumplido los 30 años) con ancha frente de pensador, mirada fija y profética y mentón de rebelde. Todo ello hizo que muriera varias veces en la vida".

Al ingresar al vestuario donde Discépolo se maquillaba para salir a escena, fueron presentados y quien iba a ser entrevistado observó al cronista "de frente, como midiéndome", en tanto la mirada inquisitiva del periodismo se encontraba con el rostro de una hermosa mujer, de enormes ojos, que figuraba en una fotografía, sobre una repisa.

-¿Quién es?, preguntó Domínguez Riera.

Era Tania, la mujer de la cual el artista estaba enamorado, aunque según confesó "hay oposición". Lo dijo "sonriendo, con ese gesto al que añadía siempre una pequeña dosis de ternura".

El periodista quiero saber quién se oponía, y Discepolín contestó "en tono ligero": "el marido". Y como creyó captar un gesto solidario del entrevistador, procuró calmarlo: "No se preocupe. Se va a arreglar".

En uno de sus exitosos libros, en los que recordó lo que para él fue "el querido lustro del 28 al 33", Ignacio concluyó: "se arregló por 21 años"...


Contra la corriente

En el camarín del "Solís", Discépolo habló de sus últimos tangos, que tenían letra y música propias: "Qué vachaché", "Chorra" y "Esta noche me emborracho", a los que seguirían luego, en rápida sucesión, por el ancho camino del éxito, "Malevaje" y "Sos un arlequín", que a Domínguez Riera se le ocurrió "una especie de autodefinición precoz"... (Por aquellos sucesos que tuvieron lugar cuando Discépolo se convirtió en "Mordisquito").

Todavía se piensa que el fracaso inicial de "Qué vachaché" (deformación de "que vas a hacer") se debió a que hasta ese momento las letras de tango pedían regresos, añoraban ausencias y gemían traiciones. En cambio, de ese tango que hizo que muchos se sorprendieran primero y se indignaran luego, silbando y pataleando, Discepolín presentaba el más despiadado "raje" que una mujer puede dar a un hombre, del modo más realista posible... Escondía el germen del más profético y perdurable de sus tangos: "Cambalache".

En el reportaje que se publicó en el Nº 1 de "La Canción Popular" (en cuya tapa un malevo dejaba que la "mina" se fuera, confiando en que ya volvería con el caballo cansado) Discépolo confesó a Domínguez Riera que el lunfardo le parecía "una cosa completísima" pero sin embargo "no adopto todas las palabras sino aquellas que me suenan bien, que son eufónicas y de gran fuerza. De ahí proviene la economía de mis letras de tango. No me gusta malgastar una frase. Hay que olvidarse de aquel ‘la amaba con loco frenesí’ y tonterías por el estilo. Hay que estar con lo nuevo."

Una gabardina para la risa

Para Domínguez Riera el genial compositor se convirtió en un amigo entrañable, que una noche, estando en Buenos Aires, le dijo: "no vengas a verme cuando estés arriba; vení a verme, sin falta, si estás tocando el piso".

En otra ocasión, cuando Domínguez Riera lo visitó, en la capital porteña, vistiendo muy orondo una gabardina reversible, de un lado verde y del otro beige, Discépolo le bajó los humos: "Yo había bajado del ‘Brazil’ muy ‘jarifo’ y Enrique me tomó la mano, me miró de arriba a abajo, advirtió mis pilchas y, con ironía, dijo:

-¿Y eso qué es? Está maduro de un lado y verde del otro...

Domínguez Riera solía citar el hecho que servirá para que lo investiguen nuestros compañeros de "Club de Tango", porque nos parece digno de estudiarse. Estando en Santiago de Chile junto a Discépolo, en 1940, éste pronunció una frase que dejó a todos en suspenso: "el tango es un pensamiento triste que hasta se puede bailar"...

Años depués, Domínguez Riera encontró, en un libro de Gómez de la Serna, una frase similar, pero sin el "que hasta se puede". Simplemente: "que se puede". Para nuestro compatriota, ya desaparecido, "en cosas aparentemente tan pequeñas refulgía el genio de Enrique". Cuando cotejó la fecha de edición del libro, con sus recuerdos de Chile, comprobó que Enrique Santos Discépolo lo había dicho primero. El estimaba que "se trató de una coincidencia muy factible".

Otros más autorizados que yo podrán decir si tenía razón o no.

Lo cierto es que hace 65 años, en pleno invierno austral, los montevideanos de la generación anterior a la mía (mi madre, que nunca me falte, se casó en mayo del 29) Discepolín estuvo entre mi gente. Para Ignacio Domínguez Riera, un periodista de raza, al que estimé enormemente, se trataba simplemente de "un gran muchacho, un espíritu amplio, una cultura singular, un autor inteligente y un intérprete de calidad ventajosamente definida. Como hombre de tango, sobresaliente".

De yapa, las últimas cinco palabras escritas por I. D. R. en aquel reportaje que se publicó en el primer número de "La Canción Popular": "como hombre puntual, una calamidad". Se refería a que Discepolín había fallado a su cita en el Tupí viejo, el que mentara cariñosamente Héctor Gagliardi.

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.13  marzo-abril  1995

 

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