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memorias

leopoldo dIaz vElez

Realización:
mario frieiro pombo
ricardo ostuni
oscar himschoot

 

sta nota fue pensada como un reportaje. Grabador por medio empezamos con algunas preguntas de rigor. Creímos que Leopoldo nos iba a responder ajustándose al cuestionario. Pero nos sorprendió. Su memoria y sus recuerdos intactos, lo fueron llevando de un lado a otro de su historia. Y el reportaje se trocó felizmente en un monólogo. Entonces, sobre la marcha, decidimos dejar que hablara con toda libertad, que evocara su vida sin ningún esquema preestablecido. De todo cuanto grabamos, hemos extractado para esta nota, lo que creímos más sustantivo.

todos los grandes tangueros eran amigos de mi viejo

Cuando chico vivía en Santa Fe, entre Ecuador y Anchorena. Eso era entonces el barrio de Palermo. Ahora le llaman Barrio Norte. En mi casa, como en casi todas, se escuchaban tangos. Mi hermana los tocaba muy bien en el piano familiar.
Y a mi viejo les gustaban mucho. Cuando mi hermana se cansaba de tocar o se le acababa el repertorio, entonces mi viejo ponía en la pianola un rollo Pampa y seguía la música. Yo tenía que pedalear para que el aparato funcionara, porque eran pianolas a pedal. Y así aprendí a escuchar aquellos grandes tangos como El Entrerriano, Pampa, Derecho Viejo, La Viruta y otros fundamentales.
Me acuerdo que una vez vinieron a mi casa Alfredo Bevilacqua, el autor de Independencia, y Gerónimo Gradito autor de la letra de El Flete de Vicente Grecco. (Hay otra letra no autorizada que escribió Pascual Contursi en Montevideo). Todos eran amigos de mi viejo. Yo tendría unos seis años, o sea, más o menos en 1923. Y mi viejo les hizo un chiste fenómeno. Los engrupió de que yo tocaba maravillosamente el piano... «Pero si apenas tiene seis años» le dijeron. «Sí, pero ya toca y muy bien- les contestó. Y entonces sin que se dieran cuenta les puso la pianola.
Por esos años ya tallaba fuerte Gardel. Me acuerdo cuando actuó en el Teatro Olimpo que estaba ubicado en la calle Pueyrredón, entre Arenales y Santa Fe y mi viejo me llevó a verlo. Era el año 1925 y yo tenía unos ocho años. Es un recuerdo inolvidable.
Creo que todos estos hechos de mi infancia fueron definiendo mi vocación. Ya en mis años escolares -cuando concurría al colegio Casto Munita ubicado frente a la plaza de Belgrano- era bien conocido en toda la zona e incluso en Villa Urquiza, como recitador. Porque yo me inicié recitando. El canto vino después. Me acuerdo que cuando empezó el ciclo escolar de 1931 el director de la escuela, el señor Agüero, me envió a la Librería Fausto de la calle Cabildo para que comprara las obras completas de Belisario Roldán. Yo no sabía para qué las quería. Fui y las compré. Lo cierto es que él tenía en mente preparar un gran acto para celebrar el 25 de mayo y el número central era yo, recitando nada menos que La Oración a la Bandera de Roldán. Tuve que aprenderla de memoria, pero no es poema, sino más bien una prosa poética muy extensa. Cuando llegó el día, yo tenía un «jabón» bárbaro de olvidarme alguna parte, así que pedí a un compañero que se pusiera del otro lado de la ventana y me apuntara la letra por si me olvidaba. Pero empecé a recitar sin parar. Y al final fueron tantos los aplausos que yo no sabía cómo agredecerlos. Entonces me acordé de El Himno del Payador de Rafael Obligado, y lo dije. Creo que fue la primera vez en la historia del Consejo Nacional de Educación que un alumno se sale del texto establecido para decir algo por su cuenta. Porque todos los actos estaban estructurados por los maestros y el director, pero ese día yo sentí que debía hacerlo. Fue una de mis primeras actuaciones en público y el comienzo de mi fama en la zona.

de pibe siempre escribí versos

A causa de esto hice un mal sexto grado, porque a don Alejandro Bobbio, que era mi maestro, se le ocurrió hacer un noticiero escolar y me encargó la tarea de pasar por los grados para hacer las suscripciones. Y así me hice famoso y conocido en el colegio. Pero cuando llegó fin de año y tenía que rendir examen, el director Agüero me hacía preguntas y me mataba. Lo que me salvó, según el mismo señor Agüero, es que era inteligente y por eso, a pesar de todo, me hizo aprobar, sino me quedaba un tiempito más en sexto.
De pibe siempre escribí versos. Eran versos fatales, siempre en el final moría alguno. Cuando yo trabajaba en el correo empecé a leérselos a los compañeros que de alguna manera solían cargarme: «ché, en estos versos cuántos mataste...». Allá por 1937 fuimos a hacer un baile de carnaval con Julio Benítez que tenía una orquesta y que era de mi barrio -vivía en la calle Cuba-. Fue ahí cuando le dije por qué no hacíamos un tango para estrenarlo en esos ocho bailes de carnaval del Club Atlético Pilar. Y Benítez me hizo caso. Así nació mi primer tango Hoy quiero vivir con letra mía. Pero Benítez, que era un gran pianista, no tenía ambiciones. De modo que el tango más bien quedó en el olvido, ya que ni siquiera lo registramos. Nadie nos dijo que había una Sociedad de Autores. Recién en 1942 me inscribí en SADAIC cinco años después de haber escrito mi primer tango.
El que me aconsejó en tal sentido fue el bandoneonista Juan Spósito que trabajaba conmigo en el correo y tenía un cuarteto. La sociedad exigía entonces para poder ingresar, cinco temas impresos, cien pesos y un examen. Para completar las cinco ediciones Spósito me pasó un vals que se llamaba No dejes que se marchite y yo le puse letra. Lo publicamos y fue uno de los cinco que presenté junto con 1910, otro tango mío que después fuera grabado por Angel Vargas. Hice otro tango más con el bandoneonista José Crudi y me presenté al examen.
Yo tenía un miedo bárbaro de fracasar y entonces le pedí a un pariente mío, Pablo Suero -gran dramaturgo- hombre de teatro que alguna vez fue Secretario de Prensa en el gobierno de Fresco en la provincia de Buenos Aires, que hablara con algunos de sus amigos en SADAIC para que el examen fuera justo y no trataran de jorobarme de entrada. Me dijo «andá tranquilo, te va tomar examen Enrique Santos Discepolo».
Pero el día de la prueba Enrique no apareció. En su lugar vino Luis Rubinstein y cuando le dije mi nombre y apellido me dijo que le había hablado Discepolo.«Así que haga lo que le parezca»- me dijo. Y me pidió que escribiera sobre la rosa. Y yo escribí (todavía me acuerdo):

Rosas blancas y rojas me obsequieron un día,
rosas blancas y rojas que constante cuidé,
en las blancas el rostro de mi novia veía,
en las rojas su boca donde puse mi fe.

Así entré a SADAIC en 1942. Llevo más de 52 años de socio.
Por aquel entonces también actuaba como cantor. En realidad había empezado de muy pibe a cantar. Me decían Petit Gardel cuando cantaba con un tal Luis Pasano que tenía un conjunto en el barrio de Belgrano y era autor de un tango llamado Amanda. Pasano era ferroviario y me programó para que actuara con su orquesta en el Salón de Dock Sud. Así debuté cantando Galleguita, Maula, Amanda y Leguisamo Solo, un tango que yo teatralizaba llamando la atención del público. Yo era un chico y fue tal el éxito que Pasano me llevó al Teatro Colonial de Avellaneda y después al Salón Verdi de la Boca y otras salas más.

actuábamos con gran éxito pero no cobrábamos ni un mango

Cuando adolescente empecé a cambiar la voz. Entonces dejé por un tiempo el canto y comencé a declamar. Recitaba aquellas milongas de Juan Manuel Pombo La cama vacía, El huérfano y el sepulturero y otras que los cantores entonaban por milonga. Pero con el recitado adquirían una fuerza tremenda y así me llamaban de todos lados, festivales de barrio, fiestas en los colegios, clubes, etc. Porque el que regenteaba esas presentaciones era Héctor R. Wilde, «Bolazo», quien me programaba con el Conjunto de Armónicas de Rodolfo Ferreira. Este conjunto actuaba en el teatro El Nacional en la obra de Enrique Santos Discépolo «Caramelos Surtidos», de modo que era muy conocido. Actuábamos en todos lados. Había noches que lo hacíamos en tres salas. Pero no cobrábamos. Gran éxito, pero ni siquiera para los viáticos. Así era entonces.
Me acuerdo que tuvimos un gran suceso en la audición Papel Picado de Radio Mayo que dirigía Silvio Spaventa. Y también en el Cine Mignon de Belgrano. Nosotros éramos los que rellenábamos el programa. Como base estaban Ignacio Corsini, Agustín Magaldi, Azucena Maizani y Buono-Striano, entre otros. Con este dúo tuvimos un éxito tan grande en el cine Mignon que terminamos contratados para trabajar en el Novelty que era un dancing del centro.
En aquellos años todo era de palabra. Nadie o casi nadie firmaba papeles. Recuerdo que en el año 37 actué en el cine Aesca de Saavedra donde daban la película «Segundos Afuera» dirigida por Chas de Cruz con la actuación de Pedro Quartucci. Había una orquesta -la orquesta Falcone- que matizaba los intervalos. Después actuaba Mario Corrales -que fue después Mario Pomar-, Santiago Devin, Aída Luz. Yo actuaba después de la película como cantor nacional acompañado en el piano por Lalo Benítez y tres guitarras. Este fue mi primer contrato.
Pero mi primera actuación paga fue recitando. Yo tenía 17 años. Gané 15 pesos y con eso le compré a mi madre un juego de tocador con los frascos para perfumes. Por ese entonces ya trabajaba en el Correo donde cobraba 90 pesos mensuales, es decir que recitando ganaba bastante bien.
Como cantor, respetando por supuesto a Gardel, a mí me gustaba Charlo. Fui hincha absoluto de Charlo cuyo repertorio lo sabía completo. A veces, incluso, lo imitaba. Y en una oportunidad me presenté a un concurso en la audición que conducía Iván Caseros, un gran animador de la radio de aquellos tiempos. El ganador recibía 25 pesos. Canté Esclavo un tango difícil, de Joaquín Mora y José María Contursi. Dificilísimo. Pero también se presentó una muchacha que, no me acuerdo con qué tango, se llevó el primer premio. Yo ligué el segundo de quince pesos, que era también una suma interesante. Y me presenté por segunda vez a ese concurso cantando el vals Luna de Arrabal de Cadícamo y Sanders y otra vez me ganó otra muchacha y yo nuevamente me alcé con los quince mangos del segundo premio.

con armando pontier trabajé en el centro lucense

Hacia 1945 yo cantaba con la orquesta de Eduardo V. Requena y hacíamos los cambios en el cabaret Odeón de la Boca, ubicado frente al Riachuelo. Los lunes íbamos en lugar de la orquesta estable. En su repertorio la orquesta tenía un tango que gustaba mucho, cuyo autor era Benigno Calvelo. Yo por ese entonces tenía que hacerme socio de SADAIC, de modo que andaba buscando completar los cinco temas que exigían. Así que cuando Calvelo me pidió que le pusiera letra me vino de perillas. Y nació 1910 una letra que escribí en homenaje al año en que se casaron mis viejos. Pero a mí no me gustaba la primera parte de modo que le pedí permiso a Calvelo y rehice la música para que se adaptara a la letra sin problemas.
Por aquellos años el sueño de todo autor era que sus temas se los cantara Angel Vargas. Así que un día me decidí y lo fui a esperar a la puerta del local donde actuaba en la calle Corrientes y se lo dí. Con los años tuve la dicha de que Angelito me grabara Boliche de cinco esquinas, Si es mujer ponele Rosa, Quien tiene su amor, Embrujo de mi ciudad y ese 1910 que con tanta ilusión le llevara aquel día.
Pero volvamos al canto. Yo actué con muchas orquestas. Por ejemplo la de Eladio Blanco donde en el piano actuaba José Pascual, con Francisco Rotundo. También actué con Emilio Orlando que era de mi barrio. Con una orquesta que dirigía Bernardo Alvarez, «Los Dados Blancos», con la que actuábamos en los bailables de Radio Belgrano. Más acá lo hice con Los Astros del Tango y en los carnavales de 1980 me presenté con Armando Pontier en los bailes del Centro Lucense. Era muy lindo, porque me presentaba el propio Armando y hacíamos La Milonga y yo y Quien tiene tu amor con un éxito bárbaro.
De modo que mi trayectoria de cantor fue muy extensa y me dio muchísimas satisfacciones. Pero mi gran sueño era el de ser autor. Hacia 1941 lo conocí a Luis Porcel que trabajaba en el Balneario Municipal en una orquesta donde yo cantaba. Luis Porcel, bandoneón de punta de Carlos Di Sarli, era hijo de Natalio Porcellana, gran maestro. Yo iba muy seguido a escuchar esta orquesta. Así lo conocí a Roque Di Sarli, hermano de Carlos, quien había compuesto un tango que esperaba que Carlos Bahr le pusiera letra y como se demoraba en concretarla me preguntó si me animaba. |Y cómo no! Así nació Llanto en el corazón que cantó Roberto Rufino.
Carlos Di Sarli había firmado un contrato de exclusividad para hacer los carnavales de Atlanta. Su hermano Roque, por su parte, armó una orquesta para trabajar en el Club «La Blanqueada» ubicado en Santa Fe y Salguero. Y haciendo una picardía anunciaban la orquesta de Di Sarli bien grande y con letra chiquita, el nombre de Roque. La gente de Atlanta puso el grito en el cielo y don Carlos se cabreó tanto con su hermano que sacó de su repertorio Llanto en el Corazón que estaba para grabarse en esos días. Carlos estuvo como cinco años sin hablarse con Roque y mi tango quedó sin editarse para la venta. Así me perdí ese gran espaldarazo que hubiera sido la grabación de Carlos Di Sarli - Roberto Rufino.
De cualquier manera tuve mi revancha. Para ese entonces había compuesto Muchachos comienza la ronda cuyo título original era Muchachos se armó la milonga y que tuve que cambiar por disposición del gobierno militar que impedía las letras lunfardescas.

el boom de alberto castillo

Al lado del cine Opera tenía instalado su negocio un tal Schulman, que era distribuidor de Fermata donde yo solía ir para ver las novedades. Por esos años el boom de Buenos Aires era Tanturi con Castillo. Una locura. Yo no lo conocía a Castillo; lo había escuchado en la radio, en los discos, pero nunca lo había visto. Un día me animé y le dije a Schulman que había hecho un tango ideal para que lo cantara Castillo. Schulman me lo pidió y cada vez que iba a su negocio me lo hacía cantar.
Sin decirme nada se lo llevó a Enrique Lebendiger que era el propietario de Fermata donde ya trabajaba Ben Molar. Y ellos se lo dan a Tanturi y lo estrena Castillo. Era el año 1942. Al poco tiempo sucede la revolución que comienza con ese asunto de la depuración del idioma y yo tuve que buscar otro título y modificar la letra porque sino no lo pasaba ninguna radio. ¡¡¡Un verdadero disparate!!!
Cuando Castillo cantaba el tango en el «Palermo Palace» yo no lo conocía. Pero una noche fui. Por ese tiempo yo trabajaba en el Correo, así que con unos amigos del trabajo fuimos en dos autos. Y entonces lo veo por primera vez a Castillo y escucho cantar mi tango. Cuando termina de actuar, mi primo Tito Arolas -ya fallecido- que era conocido de Tanturi y sus muchachos, lo trajo a Castillo a la mesa y me lo presenta. Me acuerdo que cuando le dijo que yo era el autor de Muchachos se armó la milonga, Alberto contestó:¡ lo que va a ser este tema! ¡lo que va a ser!
En la segunda parte del espectáculo sucedió algo que es digno de recordarse. En el Palermo Palace estaba presente Amadeo Mandarino, uno de los primeros cantores de Pichuco y se quiso adherir al éxito de Tanturi cantando el tango Buenos Aires de Romero y Joves. Ese tango tiene un final embromado, porque va una coda en la que el cantor debe entrar a tiempo. Como no se había ensayado, la cosa no salió bien. La orquesta por un lado y Mandarino por el otro. Castillo se dio cuenta que el público no había quedado conforme y entonces entró con Muchachos se armó la milonga y fue algo electrizante. Lo tuvo que repetir no sé cuántas veces.
Pero Castillo se devinculó de la orquesta sin grabarlo pese a que Tanturi ya lo había incorporado a su repertorio. El 6 de agosto de 1943 debuta Enrique Campos y a la tarde de ese mismo día lo graba en Victor con el nombre de Muchachos comienza la ronda. El disco 78 llevaba a la vuelta el vals «Al pasar» de Gatti e Iglesias, el primer bandeoneón de la orquesta. Recuerdo la expectativa que había por escuchar al reemplazante de Castillo. Esa noche todo el mundo estaba prendido a la radio. Y ahí también Campos comienza la audición con mi tango. Fue algo inolvidable.
En la partitura de Fermata dice «grabado por Tanturi con Enrique Campos», pero despuén tuvo otras grabaciones. Y es muy lindo recordar un gran gesto que tuvo Lucio Demare para con Osvaldo Pugliese cuando éste le pidió que le cediera la prioridad de grabar el tango en Odeón porque le venía bien a Roberto Chanel. Demare, que tenía pensado grabarlo con Raúl Berón, no puso inconvenientes y la grabación de Chanel fue también todo un suceso. Podría decir que a partir de este tango, comienza verdaderamente mi carrera como autor.
Tanturi me grabó además Que no saque el tres, una milonga que compuse con Gallucci y Pauloni; En el salón, tango que firmo con Cristóbal Herrero y Salimos a Bailar que hice con Juan Pomati.
Después llegaron otros éxitos. En 1958 Alejandro Romay, capo en esa época de Radio Libertad y la audición Los grandes valores del tango, formó una orquesta bajo la dirección de Leopoldo Federico cantando Elsa Rívas que estrena exclusivamente Quien tiene tu amor, dando lugar a un éxito realmente extraordinario. En esa orquesta actuaba Roberto Rufino y Hugo Marcelino, luego conocido como Hugo Marcel. Y a partir de allí hice varios tangos que me dieron muchas satisfacciones: Un lugar para los dos con Aquiles Roggero que lo grabó Caló con Iriarte; Solitaria, vals peruano y No fue ninguno de los dos, tango que escribí con Roberto «Teclita» Vallejos y cantó Miguel Montero con la orquesta de Caló; también Mientras vuelve el amor con José Dames (grabado por Podestá). Hicimos además con Caló otro tango titulado Estamos frente a frente que no llegó a grabar. Mi vinculación con él fue muy importante ya que todos estos temas tuvieron gran suceso.

hice amistad con gente irrepetible

En fin, tuve muchas satisfacciones a lo largo de mi vida. Y sobre todo conocí e hice amistad con gente irrepetible. Me gustaría citar a algunos, como por ejemplo a Vicente Demarco. Era el amigo con el que me encontraba siempre en la casa de Mercedes Salazar en Belgrano, en la calle Conesa donde hacíamos unas reuniones inolvidables. Amadeo Aiello tocaba el piano, Demarco también. Concurría Oscar Moles un violinista hincha fanático de Julio De Caro. Allí nos reuníamos siempre. Demarco es autor -junto con Alfredo Roldán- de Tu pálido final y también de un tango muy hermoso dedicado a Cátulo Castillo -«Catulín»- y muchos otros que tuvieron mucha difusión. Ese encuentro en lo de Mercedes Salazar daba ocasión para que se conocieran otros músicos entre sí.
Otro amigo al que quiero recordar es José Dames, recientemente fallecido. Vivía en el Delta, era bien paisano, bien de afuera. Incluso en la forma de caminar, de hablar. Era algo introvertido. Tuvimos cincuenta años de amistad. Recuerdo que un día apareció con la melodía de Tristeza Marina que la llevaba a la editorial Select que dirigía Oscar Rubens y donde tenía que ver, por supuesto, Luis Rubinstein. Rondaban por esa editorial algunos jóvenes músicos como Elías Randal y Horacio Sanguinetti que fue quien escribió los versos de Tristeza Marina. ¡Qué gran compositor Dames! También escribió con Sanguinetti uno de los tangos fundamentales del 40: Nada, un tema bellísimo, de alta calidad. Su muerte fue una gran pérdida para el tango y para la amistad de tantos años.
Otra personaldad a quien traté muchísimo fue Juan Carlos Cobián. Muchas veces me pidió alguna manito en las letras que componía para sus músicas. Recuerdo por ejemplo Monedita de Plomo, Negar, Cabaret, Otoñal.
Cobián era un genio, un compositor exquisito, de una sensibilidad impar. Pero con las letras tenía algunos problemas porque él era fundamentalmente un músico.
Así que me consultaba y yo con mucho gusto y orgullo colaboraba con él. Recuerdo que el último tema sobre el que me consultó fue Flor de Loto.

El grabador continúa funcionando. Leopoldo Díaz Vélez es una fuente inagotable de recuerdos. Sigue hablando, narrando, evocando, y surgen los amistosos nombres de Enrique Cadícamo, Francisco García Jiménez, Emilio Fresedo, Juan Canaro con quien escribió la milonga Pido silencio, Angel D’Agostino y tantos otros, con anécdotas que podrían llenar un libro. Nosotros sigilosamente extractamos esta primera parte de sus ricas memorias. El resto lo compilaremos para otra futura nota.

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.12    diciembre  1994

 

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