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"EL GARDEL QUE YO CONOCÍ"

OLGA H. GIL

Ciertamente, no fui “yo” quien conoció al gran Gardel, puesto que aún no había visto la luz de esta existencia, cuando esa garganta privilegiada se apagó como consecuencia del drama de Medellín, allá en 1935.

No obstante, no se sienta defraudado el lector, pues mi intención aquí es narrar lo acontecido a una dama porteña, que hoy ostenta ágiles y memoriosos 92 años de edad, doña Felisa Barrio Alvarez de Schoo, residentente en la actualidad en Florida, Buenos Aires, y quien es progenitora de mi esposo Ronald. Lo que aquí expondré fue relatado por ella misma, en aproximadamente estos términos:

“Siendo jovencita, se me había enseñado (al igual que a todas las ‘señoritas’ de mi época), que el tango era un producto de los arrabales, de los más bajos fondos de Buenos Aires y de París, de manera que, por extensión, yo menospreciaba a todos los ‘tangueros’. Sobre todo a las groseras letras de sus tangos, generalmente denigrantes para la mujer.

“Mi familia vivía en Palermo Viejo, eran calles adoquinadas y arboladas, recuerdo, donde algunas mansiones o grandes casas, que habían sido habitadas por familias pudientes y de nivel, terminaban deshabitadas porque los hijos de los propietarios, al formar sus propios hogares, iban radicándose en otros sitios, resultando finalmente la morada, excesivamente amplia para los progenitores. Esas viviendas, fueron luego sub-alquiladas, transformándose en conventillos.

“Por las tardes, apenas oscurecía, se oía música de bandoneones provenientes de esas viviendas convertidas en casas de inquilinato y, a pesar de habérsenos prohibido terminantemente que nos acercáramos a esos ‘antros’, la curiosidad podía más y así esporádicamente, solíamos ver -de soslayo- a los músicos y a las parejas bailando en el patio. A mí se me ocurría que eran temibles personajes, malevos, y malas mujeres. Hoy comprendo que serían gente de trabajo, humildes, que encontraban su diversión en esos bailes de patio.

“Pero hete aquí que un día, llega a mis oídos una voz, a la par cálida, romántica y con un cierto señorío que cantaba “Lejana Tierra Mía...” -Ése es Gardel, me dijeron.- Quedé asombrada, ya que, cosa curiosa, fue un conocimiento al revés, porque a ése Gardel que ahora tenía la oportunidad de oír, lo había conocido en carne y hueso diez años antes!

“Después de su primera presentación en público en que cantó “Mi Noche Triste” (una forma más lírica y refinada, al decir de los críticos), la Empresa discográfica Max Glucksman lo contrató para su sello ODEÓN, siendo ésa su primera grabación discográfica - año 1917).

“A las oficinas de Max Glucksman donde yo trabajaba, ubicadas en Avenida Callao entre Cangallo y Bartolomé Mitre, concurría Carlos Gardel a firmar una por una las minúsculas estampillas que serían luego adheridas a las placas. (Acota la señora de Schoo, mi interlocutora, que no recuerda si en ese entonces existía la D.G.I. pero sí sabe que las normas se cumplían rígurosamente).


“Corría el año 1923, yo tenía 16 años y era la primera ocasión en mi vida en que veía ‘de cerca’ a un artista. Esto me despertó la curiosidad por ver cómo se comportaba uno de estos ‘especímenes’ frente a personas de diferente nivel (ya que un artista - pensaba - siempre se considera muy por arriba del común de los mortales, especialmente cuando se trata de un artista del género popular). Así era que cuando lo veía llegar a Gardel, me acercaba con cualquier excusa al sector de las ventanillas de pago donde el cantor iba a percibir su licencia de autor, y comprobé, verdaderamente complacida, que lejos de ser un ‘tanguero’ vulgar y arrabalero, ése Gardel que yo conocí, era un hombre de exquisita sensibilidad, de voz cálida y expresión cordial para con las modestas empleadas que debían atenderlo. Mayúscula sorpresa recibí al verlo ataviado con traje de corte impecable, camisa y corbata de excelente buen gusto y un elegante sombrero. Yo me lo había imaginado con zapatos de taco, pañuelo blanco al cuello... es decir, lo habitual en un “tanguero”.

“Por eso llegué a admirarlo como persona y como artista y me alegraba por sus merecidos triunfos: el año ‘28 en París, el ‘29 grabando para el sello Odeón y posteriormente en Nueva York, cuando el gran cantante Bing Crosby declaró que ‘nunca había escuchado una voz tan bella...’

“En Agosto de 1924, llegó a la Argentina el heredero a la corona de Italia, Umberto di Savoia, recibido en el puerto de Buenos Aires por más de cien mil compatriotas nostalgiosos. El príncipe solicitó que le sacaran una foto con el ‘cantante de tangos y actor Carlos Gardel’.

“Todo visitante, y fueron muchos e importantes durante los ‘años locos’ -la década del 20-, expresaban su deseo de sacarse una foto con Gardel, por ser un héroe popular, conocido en toda América latina, en Nueva York, París y Madrid. Gardel posó estrechándole la mano al Rey Alfonso XIII de España, y con los escritores Ramón del Valle-Inclán y José Ortega y Gasset y con el animador francés Maurice Chevalier.

“En 1925, llegó a la Argentina el Príncipe de Gales, quien sería más tarde Eduardo VIII, y posteriormente el destronado Duque de Windsor. No tuvo oportunidad de encontrarse con Gardel, pero reconoció que le hubiera gustado conocerlo.

“Desde las oficinas de Max Glucksman, donde como dije, yo conocí a Gardel, tuve ocasión de ver la lujosa carroza tirada por cuatro magníficos caballos negros en arneses dorados que llevaba al Príncipe de Gales, y anteriormente, otro derroche de lujo y esplendor cuando era transportado el Príncipe de Savoia.

“Éstos personajes de reconocimiento mundial (hoy los llamarían V.I.P.) eran quienes deseaban compartir un momento con Gardel, querido y admirado por gente de todo nivel.

“Lamentablemente, la horrible tragedia de Medellín que tronchó su existencia, nos provocó una gran tristeza a todos quienes lo habíamos admirado y conocido. Y agregaría que para mí, personalmente, fue el SEÑOR del Tango (de su época, desde luego, pues en la actual, en este tango “for export” todos parecen “caballeros” dentro de esos atavíos de gran gala)”.

Hasta aquí, son las expresiones de quien conoció personalmente a Gardel, la señora de Schoo. Por mi parte debo agregar que me siento en cierto modo frustrada, porque a pesar de mi absoluta adicción al Tango, no he logrado que la señora Felisa extendiera su admiración a otros intérpretes del género. Para ella sólo GARDEL es Tango. Y es suficiente.

OLGA H. GIL

PUNTA ALTA, Mayo de 1999

 


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