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Gardel, Tango y Boxeo

José Laurino

Nota publicada en el diario "Sobretodo",
el viernes 24 de junio de 1994

 
Osvaldo Soriano, que sueña con ser lo más original posible, se atrevió a escribir que "Gardel, muerto en Medellín, su repatriación fue una epopeya. Los uruguayos lo reclamaban, entonces los argentinos se lo robaron a los uruguayos y lo trajeron de noche, por las montañas. La historia está contada por quien lo trajo. Fue una novela. Ir de noche, llevando el cadáver de Gardel...". Si Ud. quiere creerle, hágalo, pero este señor es un gran fabulador, según lo desnudáramos ya en nuestro libro "Boxeo, arte, no ciencia", cuando desmentimos su invención de una pelea disputada por Ricardo González ("Gonzalito") "con un chileno que tronaba en el Alto Valle de Río Negro".
Al fin de cuentas, lo que menos le importa al mundo (en Colombia, en Cuba, en Estados Unidos, en Francia, en España y en todos los confines) es discutir dónde nació Gardel. Cuando un venezolano se emociona hasta las lágrimas cantando "Melodía de Arrabal", lo que menos le interesa es saber si el barrio plateado por la luna estaba ubicado en la ribera Norte o Sur del Río de la Plata. Para un puertorriqueño conmovido por la sonoridad impar de "El día que me quieras", lo único que está de más es saber si el protagonista, digno de un poema de Bécquer, vivía en Montevideo o Buenos Aires cuando proclamaba a voz en cuello, "cómo ríe la vida / si tus ojos negros / me quieren mirar".
Dejemos que las "novias de Gardel", como se las ha motejado, y con razón, sigan tirándose de los pelos por el cadáver del cantor inmortal, que a la hora de acercarse a un "ring" supo vibrar del mismo modo alentando al uruguayo Andrés Míguez, que por algo era llamado "El Príncipe de los rings" o al platense Julio Morocoa...
Cuando se disputó la final del campeonato mundial del 30, en Montevideo, Carlitos fue a cantar a las concentraciones de argentinos y uruguayos, sin hacer ningún distingo, como nunca lo hizo con ningún "compatriota", ya que para él no existían esos intencionados litigios que inventaron los que se sienten ultranacionalistas a la hora de decir que nació en Tacuarembó o lo hizo en Toulouse...
Más allá de esos accidentes impredecibles que marcan el nacimiento de cualquiera de nosotros (este cronista nació acá porque sus cuatro abuelos italianos confiaron en que hallarían paz y prosperidad en el Uruguay battlista ¡y no se equivocaron, como lo muestra el hecho de que cada uno de ellos adquirió luego carta de ciudadanía!) los seres humanos somos hermanos sin importar que uno haya venido al mundo en medio del río ancho como mar, como fue el caso del olímpico Liberto Corney u otro haya elegido vivir en Pergamino, como sucedió con el consagrado José María Flores. ¿En qué cambia eso el amor a sus semejantes, donde sea que se encuentren? Unicamente los que están siempre dispuestos a inmiscuirse en bizantinas polémicas que no conducen a nada (ni siquiera a vender libros) pueden proseguir con su estólida discusión, referente al sitio donde advino a este planeta un cantor que es universal hace medio siglo.
 

Una lágrima en la garganta
 

Contaba Roberto Mezzadra, ex boxeador y luego excelente ilustrador, que la noche que pelearon en el Parque Romano, en Buenos Aires, el "rusito" Jacobo Stern y el argentino Antonio Castroviejo, Gardel "hinchaba" por el primero, cuya bravura había motivado que lo llamara el "Dempsey argentino". Llegó a decir, en voz alta que ¡ya está listo Castroviejo! Agregó sin que nadie osara discutirle: "¡No hay nada que hacerle! ¡El rusito primero!
Muy cerca suyo, en el ringside, un escritor anónimo, Iván Diez, se atrevió a acercarse al Morocho del Abasto y cuando Castroviejo pasó a predominar, le dijo, tímidamente: "¿Vio, amigo, cómo se dio vuelta la tortilla?". Como quien no quiere la cosa, le alcanzó al cantor la letra de "K.O. de amor", que siempre llevaba consigo, musicalizada por Vicente San Lorenzo, que ambos habían dedicado al Dr. Raúl E. Lavista, presidente del Boxing Club San Cristóbal.
Poco después, el editor Héctor N. Pirovano lanzaba al mercado aquel disco "magistralmente grabado en discos Nacional por Carlitos Gardel", según dice la carátula de la partitura que nos obsequió un día Artiguitas Parma, con quien compartimos, en Montevideo, como con Jacobo Bernstein en Buenos Aires (antiguo adversario de Dogomar) la pasión por el "Mago" que cada día canta mejor. Sí, cada día canta mejor, aunque una noche "más fulera" que el rostro del contradictor, un melenudo cantor de protesta de esos que protestarían mucho menos si utilizaran más a menudo agua y jabón en proporciones iguales, haya lanzado la primicia: "¡No sé cómo dicen que cada día canta mejor, si está muerto!" (si lo oía, seguro que el "Invicto", como le gusta llamarlo al "Laco" Domínguez, le contestaba: "Otario que andás penando, el que está muerto sos vos").
Gardel, que fue amigo íntimo de Angelito Rodríguez, estuvo presente en el Teatro Casino de Colonia y Andes, en la medianoche del 12 de enero de 1918, cuando el ídolo de la Aguada puso k.o. en el primer "round" al bisoño argentino Luis Angel Firpo, que luego llegaría a pelear por el título mundial. Hablando con el historiador argentino Horacio Estol, Rodríguez evocó, emocionado: "Hombre... me acuerdo que esa noche, en el ringside, estaba Carlitos Gardel, del que era muy amigo. Firpo estaba fuera de combate y Gardel aplaudía".
 
Angelito, como Jorge Newbery, como el mismísimo general Perón, como el neurocirujano Raúl Matera, tenía la sonrisa gardeliana que no han dejado de privilegiar los caricaturistas que han universalizado el rostro varonil (que nos perdone el lenguaraz Expósito) desde Sabat hasta Perrone, sin olvidar a nuestro Horacio Guerriero. Todos eran "gente de boxeo", ya que Newbery se contó entre los introductores del boxeo en el de 1914, "el mismo día en que nos
enteramos del atentado contra el Príncipe Ferdinando, en Sarajevo". El general
contó alguna vez que "siempre cultivé con fanatismo el boxeo, pero en aquellos tiempos peleábamos a ciegas... No siquiera sabíamos vendarnos las manos... En una de esas (peleas) me rompí los puños... Todavía se me notan las jorobas en el dorso de las manos".


 
Una noche parisiense
 
En Montmartre, Gardel trabó amistad
con el excepcional estilista cubano Kid Chocolate, que se había aficionado al tango luego que uno de los hermano Campolo le obsequiara "Rosas de

Otoño". Una noche, cuando actuaba en un cabaret de esos en los que el peleador habanero fue dejando su salud, le dedicó su actuación, luego de anunciar al público presenteque "esta noche tenemos con nosotros a un pugilista singular, uno de los nuestros, que se ha sabido abrir camino a puro coraje". De inmediato, el Kid (Eligio Sardinias, si se prefiere) se alzó de su silla y fue a abrazar al cantor que, como Jorge Luis Borges, sentía una simpatía especial por los guapos a los que cantó Edmundo Rivero en "Segundos Afuera".
 
Otros tiempos, y otros hombres, seguro. Entonces, una cantidad impresionante de los jóvenes que sentían al tango en sus venas, practicaba boxeo. Al caso, Cátulo Castillo, Alcides Gandolfi Herrero, Pedro Quartucci, Domingo Sciaraffia, Celedonio Esteban Flores... Su cariño por el duelo viril ensalzado por nada menos que Maurice Maeterlick en su perdurable "Elogio al boxeo" fue narrado de modo inmejorable por Francisco García Jiménez, cuando escribió: "pelearon dos ‘barras’, la de los taitas orilleros y la de los ‘mozos bien’. La legendaria fariñera versus el recién importado ‘boxing’. Y la ganó la trompada científica del hachazo primario. Hubo también algunos tiros, pero al aire".
 
Años después, el "Negro Cele" patentizaría su admiración (la de todos) por el cantor que murió en Medellín pero sigue más vigente que nunca, diciendo en "Corrientes y Esmeralda" que en esa esquina criolla "cualquier cacatúa sueña con la pinta de Carlos Gardel".
 
No olvidó mencionar que junto a las ochavas de esa confluencia de calles rumorosas, "amainaron guapos, cuando un elegante los calzó de cross".  

Hablaba del zurdo Jorge Newbery, que murió a los 38 años, arriesgando una vez más su vida. Dicen que murió con su sempiterna sonrisa, a la manera gardeliana y aunque los cóndores no pudieron verlo pasar, en su frustrado viaje a través de los Andes, nadie lo olvida.

 

 

 

Artículo publicado en la Revista CLUB DE TANGO Nro.17    Enero-Febrero  1996

 

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