Poesias Lunfardas

    

LAS VOCES

Orlando Mario Punzi

 
Tenía cinco voces la casona:

mamá, tío, la prima, yo y Armando,
los ruidos del abuelo caminando
y el toctoc de los zuecos de la nona.
 
Mamá nos daba la ración completa:
la miel, el pan, la fé, la profesía.
O bien - alguna vez - nos persuadía
con la firme lección de la chancleta.
 
Tío, bacán, playboy, arrabalero -
pregonaba su dogma socialista,
y en utópicas luchas de conquista
se atoraba de ñoquis y puchero.
 
La prima - mitad sol, mitad muñeca -
niña docente de la cofradía,
con palabras de amor nos sacudía
con la regla de tres por la zabeca.
 
Armando - que bajó de "Juvenilia"
para cumplir un cielo suburbano-
llenaba mis silencios con su mano
de primer bandoneón de la familia.
 
El abuelo tranqueaba por la escena
y al puntín de sus tarros insumisos
crujían los machimbres de los pisos
y espichaban las radios a galena.
 
La nona, con sus lentes obsoletos
y su tos ancestral, desde la silla
cuidaba la zoológica pandilla
de gatos, pollos, pájaros y nietos.
 
Yo - jefe de camorras y alborozos -,
cetrojás de los últimos gorriones,
mandaba mis temibles batallones
de remaches, ainentis y carozos.
 
Tenía cinco voces la casona:
mamá, tía, la prima, yo y Armando,
los ruidos del abuelo caminando
y el toctoc de los zuecos de la nona.
 
El cansancio final - que no perdona -
sin forma, sin color, líquido, blando,
pasó por mi niñez desdibujando
voz, tiempo, modo, número, persona...
 
Hoy, un muro de vidrios aprisiona
los cómo, los por qué, los quién, los cuándo,
deshilachados títeres de lona.
 
Y un manojo de nieblas va borrado
los patios, el baldío, la rabona
y el suave grito maternal: Orlando.
 

 

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